Mucho antes de que la NBA mirara hacia México como
mercado, semillero y bandera, un apellido ya había cruzado la frontera
simbólica del éxito. Mark Aguirre no necesitó discursos ni etiquetas. Su
impacto llegó a través del juego, los puntos y los títulos, en una
época donde la liga era más cerrada, más física y menos dispuesta a
contar historias fuera del molde estadunidense tradicional.
Aguirre
nació en Chicago, Illinois, pero su historia familiar se tejía con
raíces mexicanas. Su padre y su abuelo nacieron en nuestro país, un dato
que durante años quedó al margen del relato oficial de la NBA. No fue
una omisión casual. En los años 80, el linaje importaba poco si no
estaba acompañado de anillos, protagonismo o controversia. Aguirre tuvo
las tres cosas.
Antes de llegar a la liga, dejó
huella en la Universidad de DePaul, donde se convirtió en el máximo
anotador histórico. No fue sólo volumen. Fue dominio. Capacidad para
anotar desde el poste bajo, desde el drible y en transición, con un
cuerpo que intimidaba a los pequeños y una técnica que superaba a los
grandes. Ese perfil lo convirtió en la primera selección global del
Draft de la NBA de 1981, elegido por los Mavericks de Dallas, una
franquicia joven que todavía buscaba identidad y respeto.
Aguirre fue ambas cosas.
Identidad y respeto
Durante
ocho temporadas con Dallas, promedió 24.6 puntos por partido con un 48
por ciento de efectividad en tiros de campo. Fue elegido tres veces al
Juego de Estrellas y se convirtió en el primer gran ídolo de la
franquicia. Ningún jugador de los Mavericks anotó más puntos que él
hasta la llegada de Dirk Nowitzki, y ninguno superó su promedio de 29.5
puntos por partido en una temporada hasta que apareció Luka Dončić.
Pero
los números no explican todo. Aguirre fue el motor del equipo que llevó
a Dallas a competir de tú a tú con las potencias de la época. En la
temporada 1987-88, los Mavericks estuvieron a una victoria de las
Finales de la NBA. Enfrente estaban los Lakers del Showtime, liderados
por Magic Johnson. Dallas cayó en el séptimo partido de las Finales del
Oeste, pero Aguirre fue el máximo anotador del equipo en ese juego
decisivo.
Ese fue el techo; también fue el principio del fin
Las
tensiones internas crecieron. La relación con el entrenador Dick Motta
se deterioró. Hubo roces con la directiva y episodios que alimentaron
una narrativa de jugador conflictivo. En 1989, Aguirre fue traspasado a
los Pistons de Detroit. Tenía 29 años. Para Dallas, fue el cierre
abrupto de su primera era competitiva. Para Aguirre, fue una apuesta
emocional y profesional.
En Detroit encontró algo
que Dallas no tenía. Un líder absoluto en Isiah Thomas, amigo de la
infancia, y un equipo construido para ganar a cualquier costo. Los Bad
Boys no buscaban simpatía. Buscaban títulos. Aguirre aceptó un rol
distinto, menos centrado en el protagonismo y más en el sacrificio
colectivo.
La recompensa fue inmediata. Campeón de
la NBA en 1989 tras derrotar a los Lakers. Campeón otra vez en 1990. Dos
anillos. El primero y el segundo para un jugador con sangre mexicana en
la historia de la liga.

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