No era un objeto común ni cotidiano, era un privilegio,
un símbolo silencioso de estatus en un México donde la mayoría aprendía a
conformarse con lo esencial. Tener una televisión no solo significaba
poseer un aparato, significaba tener acceso a un pequeño milagro moderno
que pocos podían pagar. Por eso, cuando alguien del barrio lograba
comprar una, su casa dejaba de ser solo suya y se convertía en punto de
encuentro, en refugio colectivo, en escenario de noches compartidas.
Al
caer la oscuridad, las sillas salían a la calle como si obedecieran una
tradición sagrada. Los niños se sentaban en el suelo, con los ojos
abiertos y el corazón inquieto. Los adultos guardaban silencio, no por
obligación, sino por respeto. Esperaban juntos a que la pantalla en
blanco y negro se encendiera, como quien espera una señal del cielo. A
veces se cobraban unos centavos para ayudar con la luz, otras veces no
se cobraba nada, porque compartir también era una forma de riqueza.
La
imagen fallaba, la señal se iba, el sonido no siempre era claro. Y aun
así, nadie se quejaba. La paciencia era parte del ritual. Ver moverse
aquellas figuras borrosas era magia pura. No importaba la calidad,
importaba el momento. Importaba estar juntos, sentir que por unas horas
el mundo cabía en una sala pequeña.
Hoy
la televisión está en todas partes. Hay pantallas en cada cuarto, en
cada bolsillo, en cada mano. Y sin embargo, algo se perdió en el camino.
Perdimos la espera, la convivencia, el silencio compartido. Ganamos
comodidad, pero sacrificamos cercanía. Aquella época nos recuerda que el
verdadero valor no estaba en la televisión, sino en la unión que
provocaba.
Tal vez la
enseñanza sea sencilla y profunda a la vez: no es la tecnología la que
nos conecta, es el corazón dispuesto a compartir. Porque cuando lo poco
se abre, se vuelve abundante. Y hay recuerdos que el tiempo no logra
apagar, porque no viven en la pantalla, viven en el alma colectiva.

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