“Todo lo que gané actuando cuando era niña, no era mío para gastar.”
Así lo contó Regina Blandón, y lo que sigue es una masterclass de crianza inteligente.
Desde
pequeña, cada peso que ganaba se guardaba en una cuenta bancaria. No
había acceso libre, no había caprichos disfrazados de premios. Si quería
algo especial, se analizaba. Punto.
Porque como ella misma lo dice a los 11 años no te compras lujos… aprendes disciplina.
La regla más clara de todas era esta:
si el promedio bajaba de ocho, la actuación se acababa.
El mensaje era contundente y brillante:
el trabajo no sustituye a la escuela,
la escuela sostiene al trabajo.
Cuando cumplió 18 años, sus papás le entregaron todo el dinero. Completo.
No para derrocharlo, sino para usarlo con visión.
Con esa base, Regina se fue a estudiar arte dramático a Nueva York.
Su carrera no se quemó en la infancia.
No fue explotación.
No fue suerte.
Fue planeación, límites y amor bien entendido.
A veces, el mejor regalo que un padre puede dar no es acceso inmediato…
sino paciencia, orden y futuro.

Comentarios
Publicar un comentario