Hay momentos en la vida en los que dos almas se encuentran, se reconocen, pero no es el tiempo correcto para quedarse.
La
vida, con su extraña sabiduría, los separa. No como un castigo, sino
como una oportunidad: para crecer, para sanar, para aprender.
Separarse no significa olvidar.
Es
un acto de respeto hacia el destino, una pausa necesaria en la que
ambos se transforman, no para perderse, sino para encontrarse de nuevo,
mejores, completos, listos para coincidir cuando el momento sea
perfecto.
La distancia no siempre es el fin, a veces es el inicio de la versión más consciente y fuerte de nosotros mismos.
Porque solo cuando hemos aprendido a estar bien solos, podemos amar con toda el alma, sin carencias ni miedos.
En
el amor maduro, no se trata de aguantar. Se trata de esperar, de
confiar, y de estar dispuestos a volver a elegirnos, cuando las piezas
finalmente encajan.
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