Autor: Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos
Hace doscientos cincuenta años, en un salón de ladrillos en Filadelfia, nuestros antepasados declararon su independencia del imperio más poderoso de la tierra.
No era ninguna tontería. Sabían exactamente lo que significaban las palabras escritas en ese pergamino. Sabían que en ese momento se estaban condenando a sí mismos por traición ante los ojos de su madre patria, y que la pena por traición era la muerte.
Y así, al pie de ese documento, bajo las altisonantes palabras sobre verdades evidentes y los derechos del hombre, escribieron una última oración: “con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor”.
Su vida, su hacienda y su honor: todo lo que tenían y todo lo que eran. Todo estaba en juego.
Piense en el tipo de hombres de los que hablamos aquí. Es fácil olvidarlo: no eran pobres indigentes sin nada que perder. Eran algunos de los hombres más exitosos y prósperos de su época. Abogados, comerciantes, acaudalados hacendados y dueños de plantaciones: hombres con familias, con tierras, con fortunas.
El sentido común dictaría que serían los últimos en liderar una guerra de independencia, y mucho menos en arriesgarlo todo, incluidas sus vidas, para hacerlo.
Pero de todas maneras lo hicieron.
Y lo hicieron contra probabilidades imposibles.
De un lado estaba el Imperio británico, la potencia más formidable que el mundo había visto jamás. Del otro, un puñado de colonias en el último confín del mundo conocido, con una pequeña economía agrícola y una fuerza irregular de agricultores y milicianos que no estaban bien entrenados, lo que un general británico de la época desdeñó como “un desfile absurdo” y “una turba armada”.
Muy pocas personas en 1776 creían que estos rebeldes estadounidenses tenían alguna posibilidad de combatir. Al otro lado del Atlántico, las élites de Gran Bretaña los descartaban como una molestia menor, y nada más. El ministro del gabinete de la Armada Real declaró que “el simple sonido de un cañón les haría huir… tan rápido como sus pies pudieran llevarlos”. El general James Grant, exgobernador real de Florida Oriental, se jactó ante la Cámara de los Comunes de que conocía muy bien a los estadounidenses y que “jamás se atreverían a enfrentarse a un ejército inglés”. El propio rey Jorge predijo que “una vez que esos rebeldes hayan sentido un golpe contundente, se someterán”.
Los primeros meses de la guerra parecieron darles la razón. El ejército de George Washington era valiente, pero estaba hambriento, sin entrenamiento y mal abastecido. Habían dejado sus granjas, tiendas y asentamientos fronterizos para luchar por su país, solo para pasar de una derrota a otra derrota devastadora.
Para diciembre de 1776, la Guerra de la Independencia estaba al borde del colapso. El Ejército Continental había sido expulsado de Nueva York, cruzado Nueva Jersey y retrocedido hasta Pensilvania, derrotado y con frío en el gélido invierno del noreste. El propio ejército se reducía rápidamente en número. Ese mes, George Washington le escribió a su hermano: “Creo que casi está todo perdido”. A menos que algo cambiara, la causa de la independencia moriría, la rebelión sería aplastada y los hombres que lo habían arriesgado todo para liderarla serían ahorcados como traidores a la Corona.
Pero no se rindieron. Eso no es lo que hacen los estadounidenses.
La noche de Navidad, Washington reunió lo que quedaba de su ejército y cruzó el helado río Delaware bajo el manto de la oscuridad. Sus hombres marcharon toda la noche con zapatos rotos y harapos envueltos alrededor de los pies, dejando sangre en la nieve. En Trenton, atacaron. Unos días después, en Princeton, atacaron de nuevo.
Dos victorias resonantes, y el aura de la inevitable victoria británica comenzó a resquebrajarse.
Aun así, un milagro no fue suficiente para llevar a los patriotas a la victoria. La guerra se prolongó. Al año siguiente, los británicos capturaron Filadelfia y el Congreso Continental se vio obligado a huir. El ejército de Washington llegó tambaleante a sus cuarteles de invierno en Valley Forge: hambriento, con mucho frío y apenas vestido, durmiendo en chozas que habían construido con sus propias manos. Allí, en ese brutal invierno, ocurrió algo extraordinario. El Ejército Continental no se derrumbó. Se transformó en una fuerza de combate disciplinada, endurecida y profesional: entrenada por oficiales prusianos, unida por el sacrificio común, los estadounidenses emergieron, contra todo pronóstico, como un ejército capaz de derribar un imperio, impulsado por una creencia inquebrantable en el país que estaban haciendo nacer.
Todo estadounidense sabe lo que ocurrió después.
Desde el principio, los estadounidenses han hecho lo imposible. Eso es lo que somos. Corre por la sangre de nuestro pueblo.
Es el rasgo más profundo y fundamental del alma estadounidense, que se remonta mucho antes de la Guerra de la Independencia. Lo vimos en los fuertes de madera de Jamestown, en las primeras colonias de Plymouth, en las cubiertas de la Niña, la Pinta y la Santa María que llevaron a Cristóbal Colón a través del Atlántico hasta las costas de un nuevo mundo. Es un espíritu que desdeña las limitaciones, que anhela nuevas fronteras; una ambición sin límites de hacer lo que otros no pueden, de ir a donde otros no irán, de aventurarse en la oscuridad y descubrir lo que hay más allá del horizonte.
Estados Unidos no fue una ruptura limpia con el pasado, sino la culminación de una historia antigua que comenzó hace milenios. Le debemos mucho de lo que somos al mismo país con el que nuestros fundadores fueron a la guerra hace 250 años: como dijo el presidente Trump a principios de este año: “esta tierra fue colonizada y forjada por hombres venas corría la valentía anglosajona”; cuyo idioma, cultura y férreo amor por la libertad fue una “herencia majestuosa” de sus antepasados al otro lado del mar. Nuestro destino se forjó, durante siglos, en los reinos e imperios de Europa, antes de irrumpir en este continente para construir un nuevo mundo a su imagen. Sus principios fueron creados por los filósofos de Atenas, la majestuosidad imperial de Roma, los monjes y reyes de la Cristiandad medieval: siglos de exploración, ciencia, fe y ambición incansable de Europa, finalmente liberados de toda restricción en la ilimitada frontera estadounidense.
Estados Unidos fue el destino de toda una civilización. Fue aquí, en nuestro país, donde miles de años de historia llegaron a su plenitud y pintaron la plenitud de su promesa en el lienzo en blanco de un nuevo mundo.
Y he aquí lo que eso ha producido.
En apenas dos siglos y medio, un abrir y cerrar de ojos en la perspectiva completa de la historia, los estadounidenses han superado con creces cualquier precedente anterior. Desde los microchips y los átomos hasta los ferrocarriles y los cohetes, a través de cada nueva frontera y plano del progreso humano, no solo transformamos una tierra desconocida e inexplorada en la nación más poderosa de la Tierra; llevamos a toda la humanidad a una nueva era de la historia.
No hicimos estas cosas porque tuviéramos que hacerlas. Las hicimos porque podíamos. Porque nadie más las había hecho antes. Porque los estadounidenses siempre han sido pioneros: los hijos e hijas de la frontera. No hay ningún lugar al que no podamos ir. No hay nada que no podamos hacer.
Y para nosotros, la frontera nunca se ha cerrado. Cuando nos quedamos sin tierra en el extremo occidental de este continente, comenzamos a construir hacia arriba: aviones y rascacielos que atraviesan el horizonte. Cuando no había más firmamento, fuimos aún más lejos, construyendo máquinas que podían llevarnos a la luna.
Ahora nos encontramos en el amanecer de una nueva era, llena de nuevas fronteras y posibilidades que nuestros antepasados apenas habrían podido imaginar. Y tal como lo hemos hecho en cada capítulo anterior, los estadounidenses lideraremos este también.
Los estadounidenses somos el pueblo creador: el espíritu de la historia del mundo está aquí, en esta tierra, en nuestras manos.
Esto es lo que somos. Durante 250 años, esta ha sido una tierra de milagros, donde hombres más grandes que la vida han hecho cosas más grandes que la vida. Esta noche, nos consagramos de nuevo a nuestro país y al sagrado deber de garantizar que el futuro de Estados Unidos sea tan glorioso como su pasado.
Marco Rubio prestó juramento como el 72.º Secretario de Estado de Estados Unidos el 21 de enero de 2025. El Secretario está creando un Departamento de Estado que coloca a Estados Unidos en primer lugar, “America First”.
Para ver el texto original, ir a: https://statedept.substack.

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