La política es la única profesión en la que se puede mentir, engañar y robar, y aun así ser respetado
Esta frase incomoda porque rompe una ilusión colectiva: la idea de que el poder, por sí solo, dignifica a quien lo ejerce.
Pone
sobre la mesa una verdad que muchos perciben, pero pocos se atreven a
cuestionar abiertamente: que en ciertos escenarios, especialmente en la
política, conductas que serían inaceptables en la vida cotidiana parecen
volverse “normales” cuando se ejecutan desde una posición de autoridad.
Y esa normalización es peligrosa.
La
política, en su esencia más pura, debería ser un acto de servicio. Un
compromiso con el bien común, con la representación honesta y con la
responsabilidad de tomar decisiones que mejoren la vida de los demás.
Pero cuando ese propósito se diluye y el interés personal ocupa el
centro, el poder deja de ser una herramienta de transformación y se
convierte en un escudo. Un escudo para justificar mentiras, abusos,
incoherencias y decisiones que afectan a millones, mientras quien las
toma rara vez asume las consecuencias.
Lo
más alarmante no es solo que estas prácticas existan, sino que muchas
veces sean toleradas. Se olvidan rápido, se relativizan o incluso se
defienden con frases como “así es la política”.
Esa
resignación silenciosa es parte del problema. Porque cuando una
sociedad se acostumbra a ver la falta de ética como algo normal, el
límite de lo inaceptable se mueve cada vez más lejos.
Esta
reflexión también nos apunta directamente como ciudadanos. La
existencia de líderes corruptos no habla únicamente de ellos, sino de lo
que permitimos, de lo que dejamos pasar y de a quién decidimos seguir.
El respeto no debería venir del cargo, del título ni del poder, sino de
la integridad, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y la
capacidad de asumir responsabilidades. Cuando se admira el poder sin
carácter, los valores se distorsionan y la ética se vuelve negociable.
Pensar
en esto no es caer en el cinismo ni en el odio hacia la política, sino
todo lo contrario: es un llamado a la conciencia. A exigir más, a
cuestionar con criterio y a no confundir autoridad con moralidad.
Una
sociedad que piensa críticamente reduce el espacio para la mentira, el
abuso y la manipulación. El verdadero cambio comienza cuando dejamos de
aplaudir el poder vacío y empezamos a valorar la honestidad, la
responsabilidad y la coherencia, venga de quien venga.

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